Tres voces y un fantasma

A Claude

TRES VOCES Y UN FANTASMA

Claude Couffon y Rocío Durán-Barba
Claude Couffon y Rocío Durán-Barba

Llegó la hora del retorno. La del equipaje, del aeropuerto. La del adiós. La hora que, a menudo, llega con sorpresas. Esta vez la novedad fue un retraso espectacular del avión: siete horas. Felizmente la noticia llegó temprano, lo cual permitió replanear el día. El último día en Quito. En mi ciudad Ande-azul.

Al fin contaba con tiempo para recorrer el centro de la ciudad. Desde que llegué tenía verdadera curiosidad de ver el estado de los trabajos de reconstrucción, cuya realización había constatado, cuatro meses atrás, maravillada. Los días se habían agotado entre eventos culturales y reuniones con escritores y amigos. Había sido imposible circular largamente entre sus casitas y empinaduras. Franquear-atravesar su trazado de damero. Sumergirme en el embelesamiento que produce la imagen de las cúpulas y copulines de sus conventos e iglesias.

Este entusiasmo era compartido enteramente por Claude. Apenas si habíamos ojeado el casco colonial con la prisa del turista. Como habíamos podido. A horas-deshoras. Con paso de ligerezavuelo.

El retraso del avión nos vino de maravilla. Contamos con todo el día para visitar La Compañía, San Francisco, La Merced, Santo Domingo... Admiramos la reconstrucción de los edificios. Contemplamos la hoja de oro brillando con desafuero en los decorados barrocos que han reforzado su belleza. Constatamos los espacios vacíos a donde volverán las obras de arte, renovadas. Dejamos nuestros pasos en sus desigualdades. Le robamos algo de su palidez centenaria, de su aliento a monasterio. Y con el alineamiento de sus murallas y lampadarios, danzamos.

Al fin del recorrido, nos alejamos con la imagen de su geometría. De su cuerpo de vigía, con arterias rectilíneas. Con sus remates en atrio o en cortes artísticos. Nos llevamos el soplo de su aliento, con sus secretos. Con sus prolongamientos perdiéndose en el Pichincha.

Desde la altura contemplé cómo se iba quedando atrás. Como ayer. Como siempre. Clavada entre sus montañas. Acurrucada bajo neblinas-eternidad. Extendida. Inconmovible en su espacio primaveral.

Cuando la miré, antes de que desapareciese en el horizonte, la llamé «mía». Reconocí sus adobes, la sinfonía de sus espacios. Y, como en cada despedida, le ofrecí un poema. No sé si mis versos hicieron eco o cayeron en la nada. Si, en las nubes, se disiparon. Si tropezaron con los vendavales o la nocturnidad que pasa peinando los techos de las casas viejas, los páramos, los Andes recios.

En las alas del aparato aquel traté de conciliar el sueño. En vano. En mi mente bullían algunos acontecimientos junto a las reuniones familiares, oficiales, amenas, calurosas. Desfilaban las expresiones de los amigos, de los intelectuales, de los nuevos conocidos.

Entre mis recuerdos descollaba el de una noche de champaña en la que, junto a un viejo amigo, recorrimos, justamente, el centro capitalino. Una hora olor a lluvia. Dilatada, entre el remanso de sus larguras-estrecheces. Capaz de reanimar el sueño mientras se agigantaban los edificios y monumentos bajo sus nuevos destellos celestes y violetas... Celestes: Color a infinito y sus estrellas. las de mi infancia. Violetas: Olor a flor de campo, a terruño... Imposible olvidar la noche, esa noche, en que redescubrí sus callecitas. Tranquilas. Como la paz. Abandonadas. En una hora sin nombre, de respiración fría y anhelos difusos. La reconocí. Así la había amado: ciudad franciscana. Adormecida.

Como si fuera feliz. Presa de sosiego. Como si desconociera el desorden, el desentono, el espasmo.

Me llevaba una gran satisfacción: Al fin se había rendido homenaje a Claude Couffon, el poeta, traductor y amigo de las letras ecuatorianas. Y, con la ocasión, muchos literatos se le habían acercado con sus creaciones. Habíamos vivido días llenos de voces, de encuentros enriquecedores. De intercambios en que revolotearon ideas y conversaciones.

Claude Couffon y yo viajamos al Ecuador -en noviembre del año 2003- de acuerdo a un programa que había aprobado, años atrás, la Embajada de Francia; cuando el embajador François Goudard y su agregado cultural, Jean Louis Pandelon, grandes promotores de la cultura, se habían entusiasmado con la noticia de que tan afamado personaje había decidido traducir mi novela París sueño eterno , haciendo de ella, posiblemente, su última traducción de novela larga.

Durante los tres años que, por diversas circunstancias, duró la traducción, se había mantenido la idea de invitar a Claude. Llegado el día en que la novela apareció en Francia (con el título Ici ou Nulle part ), se hizo realidad gracias al apoyo de la Casa de la Cultura Ecuatoriana, de la Universidad Andina y de la Alianza Francesa.

Una vez en Quito, nuestra primera tarea fue contactar a los amigos de Claude, ya que había vuelto a los siete años. Anhelaba encontrarlos. Pocos, muy pocos se habían enterado de que llegaba. No hubo mayor noticia de su presencia -salvo en ese periódico que a menudo nos sorprende con sus iniciativas y detalles: La Hora -. La prensa estaba sumamente ocupada con la visita de un autor español. Los periódicos le dedicaron páginas y páginas y editoriales-mil. Fue fantástico. Me hubiera encantado asistir al encuentro. Pero no tuvimos ni un solo día libre.

La exclusiva de la presencia de Claude Couffon en el Ecuador se llevó el prestigioso programa televisivo «Sobremesa» de Mariana Ordoñez de Larrea, quien le dedicó una hora con una profesionalidad digna de miramiento. Y entre los ecos de la prensa que siguieron, vale la pena mencionar las inteligentes entrevistas de Rosalía Arteaga en su espacio de televisión, y de Javier Lasso en radio Visión.

Durante el viaje de retorno a Francia fuimos rememorando algunos eventos. Así, el homenaje que le rindió la Universidad Simón Bolívar, las reuniones en la Casa de la Cultura, el afectuoso acto de su incorporación a la Academia de la Lengua Ecuatoriana con las brillantes palabras de Hernán Rodríguez Castelo, la euforia de una nochecita en el Cafelibro... También reanimamos algunas escenas singulares: A los poetas que, con el fin de que Claude conociera sus creaciones, no dudaron en declamar sus versos en invitaciones privadas y aun en restaurantes llamando la atención de los alrededores. A un escritor que lo esperara durante un día entero y casi a través de toda una noche para enseñarle un manuscrito con el que, acto seguido, desapareciera... A una poeta que lo llamara sin cansancio hasta conseguir cita y solo quería darle un beso... A una vieja amiga que insistiera tanto en verle y, a la hora de la cita, se esfumara...

Claude partió del Ecuador con muchos libros de poesía y algunas novelas. Se enteró de novedades. Compartió con intelectuales que no dejaron de ponerle al corriente de sus escritos, y de las mayores páginas de la vida cultural ecuatoriana. Fue así como tuvo noticia de que «al fin se ha escrito la novela más importante de las letras ecuatorianas... » solo que, curiosamente, el afirmante conocía el argumento, pero no había tenido la suerte de leerla todavía.

De esta charla, evocadora, surgió la idea de realizar este libro.

El primer capítulo contempla una entrevista que Claude acordara a la prensa escrita y a mí mismo, en Quito -y no llegara a publicarse en cotidiano alguno-, la cual despierta extremado interés. De una parte, porque contiene una visión panorámica de la literatura ecuatoriana del siglo XX en lo internacional. Una panorámica bajo el criterio de uno de los especialistas de la literatura hispanoamericana más autorizados. De otra, porque lleva a dos temas apasionantes a los que he dedicado el segundo y tercer capítulos.

El reportaje sobre la muerte de Federico García Lorca que publicara Claude Couffon en París (1951) -y le valiera renombre internacional--. Tema que ha vuelto a la actualidad con el descubrimiento de nuevas fosas comunes en Granada, y la polémica en torno a la posibilidad de identificar el cadáver del poeta.

Y, una reflexión sobre el fenómeno de la gran repercusión que tuvo la literatura ecuatoriana en Francia, por los años 50; junto a una entrevista inédita que Jorge Icaza acordara a Claude Couffon, en 1961.

 

I.
CLAUDE COUFFON
Y
LA LITERATURA ECUATORIANA

 

Claude Couffon hizo un largo análisis del recorrido internacional de la literatura ecuatoriana del siglo XX, el mes de noviembre del año 2003, cuando, durante su último viaje a Quito, acordara una entrevista a la prensa escrita y a mí mismo. Por aquellas cosas extrañas que suceden, quedó inédita. Hecho que me ha dado no solo la oportunidad de publicarla, sino de completar y ampliar algunos puntos interesantes.

Claude había decidido no conceder la entrevista en exclusiva, porque no había olvidado un episodio singular: En un viaje anterior, un cotidiano había llevado al público dos páginas con sus palabras, bajo el increíble y erróneo título: «Couffon afirma que la literatura ecuatoriana no existe», cuando esta frase no había sido sino parte de una oración dentro de un párrafo: «... en Francia se piensa ahora que la literatura ecuatoriana no existe, pero no es verdad... »

En cuanto llegamos a París me dediqué a la tarea. Y esto, antes de que se confundiese la cinta, o desvaneciesen los detalles que rodearon a la escena. Desgraciadamente, al transcribirla, olvidé el nombre del cotidiano que debía publicarla y, más aún, el de su agente. Lo que recordaba era su figura. Y como no tenía nombre ni paradero, busqué un indicativo: «fantasma».

Toda ampliación o comentario que no hace parte de la entrevista de fantasma, aparece en letras itálicas.

 

ENTREVISTA A CLAUDE COUFFON

 

- Fantasma: ¿Cómo se inició su relación con la literatura ecuatoriana?

- Fue hace mucho tiempo. Yo era muy joven, estudiante, y conocía a unos poetas ecuatorianos que estaban en París. Nos reuníamos a menudo en un café.

- Esas charlas, sabatinas, ¿fueron las que le llevaron a conocer la literatura ecuatoriana?

- La verdad es que en esa época tuve la suerte de conocer a Jorge Carrera Andrade. Uno de mis amigos me lo presentó en diciembre de 1948, cuando estaba en París como Delegado del Ecuador a la tercera Asamblea General de la Unesco. Pero nuestra verdadera amistad comenzó más tarde, cuando fue nombrado Delegado Permanente del Ecuador ante la Unesco. Y fue aún mayor cuando, en 1952, regresó al poder Velasco Ibarra, quien era su enemigo, y lo obligó a renunciar a su puesto. Entonces se quedó en París trabajando en el equipo que dirigía la publicación El Correo de la Unesco. Pero ese trabajo de revisar galeras y hacer correcciones lo aburría enormemente.

Muchas veces iba a esperarlo a la salida de su trabajo. Yo estaba preparando una biografía sobre él. A veces me daba algún poema, y generalmente nos íbamos a tomar un trago en alguno de los cabarets de Montparnasse, o a cenar en SainGermain-des-Prés en un restaurante que frecuentaba el famoso dramaturgo lonesco que terminó haciéndose su amigo.

También frecuentaba a Filoteo Samaniego. Justamente entonces se fortaleció en mí la idea de convertirme en traductor de los grandes poetas latinoamericanos.

Cuando Claude evoca esta época de Jorge Carrera Andrade subraya la tristeza en la que lo hundió el cambio de actividad profesional, y suele declamar el poema Transformaciones que tan bien describe su desencanto:

«Mi trabajo se trueca en dos ventanas
a la calle, en diez metros de terreno,
en un plato de luna cada noche
y un bostezo de cántaros vacíos.

Todos los días para mí son lunes:
siempre recomenzar, pasos en círculo
en torno de mi mismo, en los diez metros
de mi alquilada tumba con ventanas.»

La biografía que Claude Couffon estaba escribiendo sobre Carrera Andrade, debía publicar se en la famosa colección Poetas de hoy de Pierre Seghers en París, pero el libro no llegó a ver la luz del día.

Sobre este punto se explica de esta manera: «Era imposible que yo hiciese el trabajo ya que Carrera insistía en dictarme el texto, cosa que no he aceptado de nadie a lo largo de mi vida; o me proponía una perspectiva que me parecía exorbitante, falta de modestia». En algún escrito, Jorge Carrera Andrade hace alusión precisamente al temperamento de Claude Couffon, calificándolo de «persona indomable».

«Me hubiera encantado escribir esta biografía», me confió Claude, «Carrera era todo un personaje, pero la biografía fue realizada por un amigo suyo, personal, el Profesor L. F Durand».

Según Claude, Jorge Carrera Andrade se presentaba como un dandi. Su figura alta-esbelta impresionaba. Vestía elegantemente con terno reacio y bastón a la mano:

«Gustaba frecuentar prostíbulos», dice. «A menudo íbamos a los cabarets cerca de Montparnasse. Entraba y se instalaba como si fuera un rey. Miraba a las chicas que estaban en el bar, disponibles; las remiraba. Parecía esperar que alguna se decidiese a rogarle ser su cliente; pero generalmente tenía que levantarse y escogerla en persona».

Junto a este capítulo de Carrera, hay también uno que concierne a Claude y que hace parte de esas memorias que lo llenan de regocijo: En una de aquellas noches de luces rojas y pasiones parisienses, en una de esas «noches liberadoras», como él las llama, en vez de esperar pacientemente a Jorge decidió probar la aventura. Se acercó a una de las mujeres de oferta: «voluptuosa y muy bonita». La invitó a tomar unos tragos. Le echó la mano. Se dieron unos cuantos besos. Y la siguió a una de las habitaciones en donde le esperaba una de las más grandes sorpresas de su agitada vida: cuando la chica se le ofreció, ¡era un hombre!

- Justamente, en esas charlas, en esos acercamientos ¿fluían ya esos temas, es decir, eran temas de conversación: la literatura ecuatoriana, la latinoamericana?

- Sí. Jorge Carrera Andrade y Filoteo Samaniego me hicieron descubrir a Alfredo Gangotena de quien publiqué, más tarde, la obra francesa completa. También me hablaban de otros escritores que yo ya conocía de nombre. Jorge, sobre todo, me interesó mucho comentando una serie de detalles acerca de los libros de Jorge Icaza, Adalberto Ortiz, Pedro Jorge Vera...

Naturalmente, no fue él quien me sirvió de contacto. Yo busqué acercamiento con ellos en el primer viaje que hice al Ecuador en los años 50. Así conocí personalmente a Jorge Icaza y, un poco más tarde, en 1958, traduje su novela El Chulla Romero y Flores que se publicó por capítulos a lo largo de un verano en el periódico Les Lettres Françaises .

Luego conocí a Adalberto Ortiz, cuando se editó, en Francia, la traducción de su novela Juyungo . Él fue con esa ocasión a París y yo debía entrevistarle, precisamente, para Les Lettres Françaises . Esto fue muy divertido.

Nos dimos cita en un bar llamado la Rhumefie Martiniquaise y empezamos a beber. Seguramente bebimos demasiado. Llegado un momento, los dos teníamos necesidad de los servicios higiénicos. La verdad es que nos retiramos y no volvimos a encontramos ni esa noche ni después. Pasaron algunos años hasta que volvimos a vernos durante un nuevo viaje que realicé a Quito. Él desempeñaba un cargo importante: era algo así como ministro del petróleo. Conservo un recuerdo muy bonito del lugar. Era una torre alta. Había que subir algunos pisos y su oficina era muy espaciosa. Cuando la secretaria abrió la puerta de su despacho, apareció sentado frente a un gran escritorio en donde no había nada, ningún papel. Alrededor tampoco había ninguna carpeta, nada, nada. Fue muy divertido. Nos fuimos de fiesta. Luego nos encontramos en París cuando fue nombrado agregado cultural de la Embajada del Ecuador en Francia... Me llamó y me dijo: «Claude estoy en París, vamos a hacer muchas cosas. Tenemos que hacer un gran programa de difusión cultural. Cuento contigo.» Después no volví a tener noticia. Dos años más tarde me llamó de nuevo: «Claude me despido, me han nombrado embajador en Santo Domingo.» No supe más de él hasta ayer, en que acabo de enterarme de su muerte.

Quería hablar con él en este viaje, porque he traducido unos poemas suyos de su libro Tierra, son y tambor para una Antología de poesía ecuatoriana que estoy preparando. Quería pedirle autorización para publicarlos, pero he tenido noticia de que ha desaparecido.

He perdido muchos de mis amigos ecuatorianos: Oswaldo Guayasamín, Pedro Jorge Vera, Ángel Felicísimo Rojas... Bueno, yo tengo ya setenta y siete años, estoy en una edad en que los amigos se van.

- Bueno, se van sobre todo cuando uno les deja ir.

- Los que se van... El problema es que se van en realidad.

- En esos tiempos de su amistad con Carrera Andrade, con Filoteo Samaniego, la traducción que usted hacía de ellos ¿era por propia afición, por descubrir la literatura ecuatoriana, por su gran afición a la literatura latinoamericana, o por encargo de una editorial?

- Nunca he trabajado por encargo. He traducido unos trescientos libros de unos cien autores, y siempre lo he hecho por elección mía, personal. He traducido los libros que he elegido porque me han parecido muy importantes. Importantes en su valor y para dar a conocer al público francés. Nunca, nunca he trabajado por encargo. Yeso se entiende porque no soy traductor profesional. Yo era catedrático de letras de la Sorbona, ese era mi trabajo profesional. Para mí era un lujo poder traducir lo que consideraba de valor. Tuve la suerte de vivir en una época en que se producía una literatura latinoamericana muy valiosa...

- en que había mucha producción.

- No. Mucha producción no significa nada. Lo excepcional fue que hubo tres generaciones, en el conjunto de Latinoamérica, con una producción literaria importante.

- Y antes de trabajar con autores ecuatorianos, ¿ya había traducido a autores colombianos u otros?

- No. Como le dije, empecé precisamente con los ecuatorianos. Luego, por amistades y ciertas circunstancias, llegué a conocer a otros hispanoamericanos: Miguel Ángel Asturias, Pablo Neruda, Octavio Paz, Juan Rulfo, Eduardo Galeano, Nicolás Guillen y tantos otros.

- De Carrera Andrade, Hombre planetario , ¿a qué valores de su poesía le daba usted importancia?

- Un aspecto de su obra que me fascinó fue el tema del agua. Curiosamente, en todos sus libros se lo encuentra. Yo traduje de él muchos textos, entre los cuales: Dictado por el agua que se publicó primero en Francia que en el Ecuador; dominaba el tema, sus detalles.

«Si se trataba de los ríos, Jorge daba la impresión de haber recorrido todos», insiste Claude. «Hablaba por igual del Amazonas, del río Guayas, del Támesis, del Okland... Sus puestos diplomáticos le habían permitido tener cerca a muchos ríos y puentes del mundo. Además, estaba muy enterado de todo cuanto estaba ligado a la lluvia, la nieve, las nubes».

- Traducir es un oficio de arte, es hacer una obra independiente al texto original. ¿Cuánta importancia le daba usted a conocer al autor? ¿eso contaba? Debe ser como un recurso para realizar la traducción.

- Traducir no es precisamente hacer una obra independiente a la original, es más bien reflejarla con la mayor precisión posible: con su contenido y su estilo.

Para mí, traducir es una necesidad. Siempre tengo al lado de mi cama dos o tres libros que estoy traduciendo, Y cuando me despierto abro uno de ellos y tomo mi desayuno poético traduciendo dos o tres poemas. Es mi desayuno poético.

El contacto con los autores me ha dado amistades. He vivido con ellos muchas aventuras particulares que no están en los libros, que no se conocen ni se saben. Pero que muchas veces fueron la fuente o el punto de donde surgieron creaciones o poemas que han llegado a ser famosos.

Cierto, Claude conoce una serie de secretos de autores y escritos. Así, de algunas obras de Miguel Ángel Asturias, Manuel Scorza, Jorge Amado, Jorge Luis Borges... También se encuentra al origen de las claves secretas de conocidas creaciones poéticas de Nicolás Guillen, Pablo Neruda, Octavio Paz... y, como puede imaginarse, de ciertos versos de Jorge Carrera Andrade.

Alguna vez le escuché comentar, por ejemplo, graciosos recuerdos sobre «la tía Julia» cuando todavía no era un personaje de novela sino, más bien, la persona que convivía con Mario Vargas Llosa ...

Otra vez, me confió por qué la conocida obra Tres de cuatro soles de Miguel Ángel Asturias, llevaba ese título:

«Miguel Ángel me llamó un día y me dijo: "Claude hemos firmado un contrato -significaba él mismo y Claude- con la editorial Skira para publicar un libro que se titulará Los cuatro soles. Habrá cuatro partes, y cada una llevará cuatro capítulos. Cada parte estará dedicada a un sol. Es urgente. Te enviaré un capítulo cada semana para que realices la traducción y la envíes al editor, quien buscará ilustraciones. El primer capítulo te lo enviaré la semana que viene." Efectivamente, me envió el primer capítulo. Luego el segundo. Más tarde recibí los capítulos relativos al segundo y tercer soles. Cuando recibí el cuarto capítulo del tercer sol, este vino acompañado de una carta en la que me decía: "Claude, hemos terminado. Vamos a titular al libro: Tres de cuatro soles, es mucho más poético. No tengo tiempo para continuar escribiendo. Me voy invitado a Venecia, como presidente del jurado de cine." Así se editó el libro con tres soles por decisión del autor, debido al capricho de un festival de cine europeo».

- Volvamos a la relación personal que tuvo usted con Carrera Andrade.

- En el libro de memorias que escribió Carrera Andrade, El volcán y el colibrí , hay varios párrafos que reflejan lo que él pensaba sobre mí. Le voy a leer un comentario que ha retornado la revista re/incidencias , una publicación reciente del Centro Benjamín Carrión:

«La amistad con Claude Couffon fue fértil desde el punto de vista de la producción literaria. Hombre joven, originario de Normandía, se había propuesto penetrar por los vericuetos del castellano y hablar como la gente de Madrid, lo cual obtuvo mediante sus estudios y sus temporadas en España. Dueño del instrumento idiomático, se dedicó al conocimiento y a la difusión de las letras hispanoamericanas, traduciendo y comentando las obras de los nuevos escritores más representativos (...). Pese a su aspecto algo frívolo, con su semblante de tez rosada, su cabello abundante y su sonrisa espontánea y sardónica, Couffon era un firme defensor de la cultura hispanoamericana y a él se deben algunos de los comentarios mejor documentados que han salido a la luz en la prensa francesa. »

El volcán y el Colibrí contiene también declaraciones que van en el sentido de lo que le decía al principio: Describen el estado de ánimo de Jorge Carrera Andrade durante los años que compartimos en París:

«El menosprecio que me demostraba el gobierno de mi país producía un efecto contrario en el mundo de las letras. No tuve ocasión de experimentar el sentimiento de soledad. Amigos como Rousselot, Claude Couffon, Bosquet, me acompañaron con frecuencia e hicieron llevaderos mis nueve años de permanencia en París. »

Claude da mucha importancia a estos años parisinos de Carrera Andrade.

«Esta experiencia), dice, «en que se mezclaban las alegrías de la amistad con la nostalgia y hasta la amargura del alejamiento de su tierra natal, fue particularmente fecunda para su creación poética. Entonces escribió algunos de sus poemas más hermosos. Y luego, fueron años decisivos para la difusión y publicación de su obra».

Durante esa época, el poeta fue presa de la pasión por la historia. Se dedicó a buscar documentos, crónicas, noticias de viajes. A examinar todo papel que tuviese relación con el Ecuador, su pasado y su desenvolvimiento. La tierra siempre verde es, justamente, fruto de ese período. De su incursión en los archivos salieron esas páginas que traen una historia original del Ecuador, construida básicamente a través de la visión de los cronistas de Indias, los corsarios y ciertos viajeros ilustres.

«En efecto», confirma Claude, «recuerdo que Jorge desaparecía frecuentemente. Se consagró a vivir su poesía y, además, se convirtió en el solitario que buscaba refugio en bibliotecas y archivos».

- Cuando usted tenía ya los textos traducidos, ¿los sometía a la consideración de Carrera Andrade?

- No. Generalmente no le interesaba. Cuando yo terminaba una traducción, no le preocupaba saber los detalles ni ocuparse del problema. Me decía: «Tú sabes y basta.» De otra parte, por ese tiempo yo conocía a la mayor parte de los directores de revistas o editoriales y enseguida publicaba mi trabajo.

- Usted aprendió el castellano en la universidad y en España. ¿Cómo fue eso?

- En 1942, durante la ocupación alemana, me inclinaba por la pedagogía. Quería ser maestro de escuela, y para hacer esos estudios debía trasladarme a la ciudad principal del departamento. Pero el Ministerio de Educación de entonces, el régimen de Vichy, decidió que si en una ciudad había un colegio o liceo el candidato podía estudiar ahí, y preparar el examen del bachillerato, para luego completar su formación durante un año en la Escuela Normal de Pedagogía en la ciudad principal, en mi caso, en Alençon.

Ingresé al colegio de mi ciudad en donde se enseñaba, como primera lengua extranjera, el inglés y, como segunda, el alemán. Felizmente el director del colegio decidió integrar a la enseñanza una lengua más fácil: el castellano. Cerca vivía un maestro español, de modo que lo contrató para que viniese los jueves a darnos clases; y yo me dediqué al castellano.

Llegué a tener una gran amistad con este maestro, que había hecho la guerra de España en las Brigadas Internacionales. Su conversación era muy interesante. Yo era poeta, o al menos pensaba que lo era, y él solía hablarme de los poetas españoles que había conocido durante la guerra, como Miguel Hernández, Rafael Alberti, Antonio Machado... Me prestaba libros de poesía; y aunque no había tenido estrecha relación con Federico García Larca siempre me hablaba de él. No se conocía nada preciso sobre su desaparecimiento; lo que es más, había muchas versiones contradictorias que circulaban por el mundo.

Con el fin de continuar mis estudios de español y letras en el Instituto Hispánico de la Sorbona, me trasladé a París. Pero los cursos me aburrían, no iban más allá del siglo de oro de la literatura. Para consolarme, un día decidí hacer algo interesante e ir a Granada para indagar sobre la vida y muerte de García Lorca.

En cuanto estuve en España me di cuenta de que era imposible hallar información, y de que el tema era peligroso. Al solo oír el nombre del poeta las personas se persignaban: era un asunto tabú. Mucha gente había perdido a parte de su familia, y los asesinos estaban no solo vivos sino presentes. Había mucho miedo. Me decían: «Señor, renuncie a investigar sobre esto si no quiere desaparecer o morir. Aquí se encuentran todos los responsables del asesinato de muchos granadinos, de casi todos los profesores, notarios, médicos, ingenieros, periodistas de la ciudad.»

Cuando estaba a punto de abandonar la idea, tuve la suerte de hablar, en la Alhambra, con un joven llamado Rafael Guervos Madrid, un granadino que había perdido a su padre en la guerra civil española. Él me ofreció ayudar, y fue por su intermedio que obtuve información, y llegué inclusive a entrevistarme con ciertos responsables de la matanza general.

Poco a poco concreté un reportaje completo sobre la verdad de la muerte de García Lorca, que se publicó en el diario El Fígaro Literario , en agosto de 1951. Esta publicación hizo mucho ruido desde París. Salió en muchos idiomas y me hizo famoso cuando apenas tenía veinte años(1). Enseguida me vi trabajando con este gran periódico: el director me encargó otros reportajes y luego me contrató como periodista profesional al mismo tiempo que continuaba mi carrera universitaria. Resultó entonces que aquellos escritores que yo consideraba como a dioses de la literatura a quienes ni siquiera pensaba llegar a conocer, como Rafael Alberti, Pablo Neruda, Jorge Guillen, Juan Ramón Jiménez, Miguel Ángel Asturias, Luis Cernuda y tantos otros, me empezaron a enviar cartas y libros; y cada vez que pasaban por París me visitaban. Enseguida conté con la amistad de todos ellos. Luego apareció la segunda generación con Carlos Fuentes, Juan Rulfo, Mario Vargas Llosa entre otros. Ellos se acercaron a mí porque yo era no solo conocido sino que me dedicaba a la difusión de obras importantes. Ese fue el caso con Mario Vargas Llosa, que ahora está en Madrid celebrando los cuarenta años de la publicación de su novela La ciudad y los perros. Justamente yo soy el responsable de esta publicación que lanzó su nombre al reconocimiento internacional. Yo fui quien la hizo publicar en España por Carlos Barral, con quien mantenía una interesante relación: a menudo intercambiábamos manuscritos e información.

Siempre me he ocupado de los libros que me han parecido obras maestras para llevarlos al conocimiento del público francés. Lo he hecho a través de mi vida. Ahora, por ejemplo, me interesa dar a conocer el libro de una ecuatoriana que acabo de traducir: París sueño eterno , de Rocío Durán-Barba. Su novela es una gran novedad literaria porque...

- Volviendo a los ecuatorianos, a Carrera Andrade, ¿cómo le contactó?

- Carrera no me contactó para que lo tradujera, sino que me entregó dos poemas en español de Alfredo Gangotena que ya había muerto. Me habló mucho de él y me dio material para conocerlo. Además, Filoteo Samaniego, que era mi compañero de la época, también era un admirador de este poeta ecuatoriano. Él estaba traduciendo los textos del francés al español. Con él compartí este entusiasmo.

- ¿Usted sacó la edición completa de las obras de Gangotena?

- Sí, de la obra francesa. Yo publiqué en dos tomos la obra completa. Recogí los poemas que había publicado en revistas francesas y los libros que escribió en francés.

- ¿Cuál es la impronta literaria que usted reconoce en Gangotena, lo que más le conmueve de Gangotena?

- Bueno, es un caso especial. Aunque no el único porque hubo, en Latinoamérica, poetas como él que escribieron parte de su obra en español y parte en francés; pienso en el chileno Vicente Huidobro, el peruano César Moro... Lo que me interesó particularmente en Gangotena era su visión que era ecuatoriana pero con influencias francesas. Sin embargo, debo señalar que, curiosamente, no recibió la influencia del surrealismo que era la corriente predominante en esa época. Su poesía no es surrealista, está más cerca de la de Paul Claudel, Max Jacob, Jean Cocteau, que de André Breton o sus contemporáneos franceses.

Alfredo Gangotena es, para Claude, un caso fascinante debido a algunos detalles de su vida. De una parte, a su escritura en lengua francesa, que le hizo verse a punto de ser considerado como poeta francés. De otra, debido a ciertos pasajes curiosos en los que fue actor y víctima al mismo tiempo. Así, el relativo a su amor imposible con una francesa llamada Marie Lalou.

«Es una historia que hace pensar en Dante y Beatriz», dice Claude. «Todo había empezado cuando Alfredo Gangotena regresara de Francia al Ecuador, después de publicar su libro Orogenie . Este libro había llegado a las manos de Marie que escribía poesía y era librera, y ella había perdido la cabeza por el poeta ecuatoriano.

«Marie le había escrito una carta. Él le contestó, y entablaron una correspondencia seguida.

Solo que esta llegó a ser tan intensa que culminó en un idilio apasionado; a tal punto, que se hubiera dicho que mantenían una relación carnal.

«Alfredo Gangotena le dedicó a Marie el poema Jocaste. Continuó cultivando su pasión, y un buen día consiguió ser nombrado agregado cultural de la Embajada del Ecuador en Paris con el fin de acercarse a su amada. Aquí todo terminó. Cuando llegó a Francia, Dante llegó al infierno. Marie se negó a recibirlo, a verlo... más aún, le aconsejó encontrar un nuevo amor... Solo entonces se enteró, el desafortunado poeta, que su amada ¡era inválida!»

- Siguiendo un itinerario ecuatoriano, ¿quién le intereó a usted después de Gangotena?

Tengo que decir que estoy acabando de escribir una Antología de poesía ecuatoriana que contempla la obra de algunos poetas. Es una selección; se trata solo de unos doce nombres, de los más representativos del siglo XX. También he traducido algunos cuentos de Adalberto Ortiz, de Ángel Felicisimo Rojas, de Pedro Jorge Vera. Y algunas novelas como El chulla Romero y Flores de Jorge Icaza.

Claude opina que, actualmente, hay una serie de creaciones interesantes dentro de la literatura ecuatoriana. La inquietud podría llevarle a realizar una publicación en la que comentaría algunos libros:

«Hay escritores a cuyas obras quisiera dedicarles una reflexión», dice, «así la de Raúl Pérez Torres, Iván Égüez, Abdón Ubidia, entre otros... También hay algunos poetas que han llamado mi atención como Federico Ponce, Xavier Oquendo...»

- Y, ¿ha trabajado para escritores en algunas ciudades?

- He conocido a muchos ecuatorianos y he asistido a muchas reuniones y congresos no solo en Quito sino en Guayaquil, Manta, Esmeraldas, Portoviejo y Cuenca. Dentro del ambiente cultural ecuatoriano mantuve una gran amistad con Oswaldo Guayasamín, por espacio de cuarenta años. Él hizo dos retratos míos, uno de los cuales ilustra la portada de mi último libro de poesía Tarde o temprano , que acaba de editarse en México.

Claude reconoce que Oswaldo Guayasamín fue, tal vez, el mejor amigo que tuvo en el Ecuador. Solía hospedarse en su casa. Tradujo al francés el primer libro que se escribió sobre su obra pictórica: Una publicación muy conocida, escrita por Camon Aznar en 1973, que lleva por titulo escuetamente: Guayasamín.

«Imposible olvidar nuestras noches de fiesta», dice, «Oswaldo solía aislarse para trabajar durante el día, pero una vez que llegaba la noche nos dedicábamos a la fiesta, al vino y a la guitarra.

Compartimos muchas horas inolvidables llenas de música, charla y canciones. Su mujer de la época era Hélène, una francesa magnífica con quien siempre he mantenido una estrecha amistad».

Cuando en 1995 Claude viajó al Ecuador, estaba terminando de escribir su libro de poesía titulado Fenêtres sur la nuit . Con el objeto de ilustrarlo, Oswaldo le entregó un retrato y tres dibujos. El punto es interesante porque son tres creaciones excepcionales dentro de la obra del pintor. Sobre todo una de ellas es única: se trata del desnudo erótico de una indígena, con una particular carga de violencia.

La amistad que Claude ha cultivado con intelectuales ecuatorianos ha rebasado, por lo demás, las fronteras del país. No ha olvidado, por ejemplo, sus encuentros con Demetrio Aguilera Malta, cuando visitaron Puebla en México; con Alfonso Barrera Valverde, en las reuniones literarias en medio de los jardines de Caracas; con Juan Cueva, en numerosos eventos en la ciudad de París...

- ¿Identifica usted grandes temas comunes en la literatura que usted ha traducido como temas de la literatura ecuatoriana?

- Si algo vale la pena señalar es que un poco antes de la segunda guerra mundial, por los años 30, la única literatura latinoamericana conocida en Francia era la ecuatoriana. Después de la difusión de Huasipungo de Jorge Icaza, y de la publicación del grupo de Guayaquil Los que se van, eran muy populares (2).

«En esa época interesaba mucho el tema social, sobre todo el problema del indio y del indigenismo», puntualiza Claude. «El relato de la vida del indio con su miseria era tanto extraño como exótico y hacía viajar al lector en unos días en que los grandes desplazamientos estaban reservados a unos pocos ricos privilegiados. Los lectores gustaban viajar con las descripciones de otros países que les ofrecían los novelistas exóticos como Pierre Loti, Claude Farrère, Paul Morand, Blaise Cendars».

- ¿Eran estas las únicas obras de literatura latinoamericana que se conocían en Francia?

- En esos años también aparecieron las primeras novelas de Miguel Ángel Asturias, desde Guatemala, con la temática de los indígenas y los problemas de su país. En México ocurrió lo mismo, Alfonso Reyes interesó con sus descripciones del Anahuac. Esto hizo que se acentúe en Francia, desde principios del siglo XX, una curiosidad por la literatura latinoamericana y, sobre todo, por los relatos de protesta social. Más aún desde el aparecimiento de Huasipungo de Jorge Icaza, y de las novelas de Jorge Amado.

- ¿Qué opinaban los franceses respecto a esa literatura que llegaba?

- Eran libros que interesaban, pero ahora parecen pertenecer a otra época. En realidad, el público francés que leía esa literatura era muy limitado. Era más bien un público de gente culta.

- más académico...

- Sí, también. Hay que decir que antes de la segunda guerra mundial hubo, en Francia, un grupo de hispanistas muy interesante que ya se ocupaba de hacer eco a la literatura hispanoamericana.

«A veces dicen que Roger Caillois y yo fuimos los que la dimos a conocer todo», añade, «pero hay que aclarar que, antes, a partir de los años 20, hubo muy buenos hispanistas, así por ejemplo Francis de Miomandre, Jean Cassou, Mathilde Pomèf, Georges Pillement, Valery Larbaud, Marcelle Auclair...»

- El Ecuador que usted conocía mediante la literatura, ¿se parece bastante al Ecuador que usted ahora recorre, al Ecuador que usted vio durante sus primeros viajes?

- Hay una gran diferencia entre lo que ofrece la literatura y lo que ofrece el país con sus realidades y paisajes.

Desde hace unos cuarenta años o más he viajado mucho por el Ecuador, y he visto una impresionante evolución. El Quito de hoy es inmenso, ha crecido mucho en relación con la ciudad que descubrí en los años 50. Ahora me parece muy interesante que se esté trabajando para preservar el Quito viejo...

Claude guarda algunos recuerdos especiales de sus numerosos viajes al Ecuador: Los encuentros de escritores en Cuenca organizados por Efraín Huerta Hidrovo. Las reuniones del evento poético «La flor de septiembre», en Manabí, con Horacio Hidrovo Peñaherrera. Su paso por Guayaquil con Ángel Felicísimo Rojas; por Otavalo conociendo los misterios, costumbres y ritos indígenas con Gustavo Adolfo Jácome...

- Pero, ¿es un Ecuador que se narraba en la literatura?

- En la época de la literatura de la que hablábamos había varios Ecuadores. Siempre ha habido, en realidad, varios Ecuadores: el de Quito, el de Guayaquil, el de Cuenca, el de Esmeraldas... Son bastante diferentes tanto en sus paisajes como en sus particularidades, y más aún en su expresión literaria.

- Justamente, ¿qué referencias de la literatura contemporánea del país tiene usted?

- Bueno, ahora he traducido la novela alucinante de Rocío Durán-Barba...

- Quiero decir de los años 70, 80.

- Conozco las obras de Raúl Pérez Torres, Jaime Marchán, Abdón Ubidia, Alfredo Pareja, Alicia Yánez, Ramiro Oviedo... y las de mi viejo amigo Jorge Enrique Adoum que acaba de publicar sus memorias. Antes de su casamiento con Nicole traduje algunos poemas de él, pero desde que ella es su compañera le dejo el trabajo, es una buena traductora.

«Debo citar otros nombres como el de Iván Égüez, Iván Oñate, Galarza, Ruales, Herrera... », dice Claude. «Además, también tuve la oportunidad de conocer algunos cuentistas cuando escribí el prólogo de un libro de cuentos ecuatorianos que publicó Librimundi... Y, a propósito, tendría algo que decir sobre la obra de Javier Vásconez...»

Actualmente lo que me interesa dentro de la literatura contemporánea es el caso de Rocío Durán-Barba. Me parece que ella, en sus escritos, sabe aprovechar su experiencia europea para tratar temas que son universales, pero además ecuatorianos. Así por ejemplo en su novela sobre Velasco Ibarra: El loco o todos enloquecimos, en donde hay toda una visión sobre el mundo de la política contemporánea pero con una referencia muy precisa a las realidades de su país. También es particular cuando su escritura refleja sus reacciones de ecuatoriana al contemplar otro país, como en su novela Paris sueño eterno.

- Ustedes dos, ¿Hace cuánto tiempo se conocieron?

- Hace diez años, más o menos. Nos conocimos en el palacio de El Eliseo en una recepción que ofreció el presidente de Francia, François Mitterrand, en 1991. Entonces me contó que estaba escribiendo una novela sobre París lo cual despertó en mí cierta desconfianza, ya que se ha escrito tanto sobre el tema. Me pregunté cómo iba a tratarlo. Pasaron unos seis años, y un buen día llegó la novela a mis manos.

Desde la primera frase me sorprendió; tiene un estilo muy personal, con frases breves, llenas de sugestión. Es una especie de aleteo muy fuerte. Y el tema es muy interesante porque no se trata del París habitual. Inclusive los capítulos que hacen referencia al París histórico siempre traen algún fenómeno insólito, hasta cuando aparecen los monumentos. Por ejemplo, en el capítulo en que relata la vestimenta que instaló Christo Javacheff en el Puente Viejo, el lugar se transforma desde en un ser misterioso hasta en algo similar a un paquete listo a ser enviado por correo. Es delirante. Cuando aparecen los Campos Eliseos, igual, de pronto quedan convertidos en una especie de galería artística con la exposición de los monstruos de Botero.

Junto a esto, Rocío describe el París supermoderno con esas cosas que nunca se han contado. Con decirle que hizo descubrir, al viejo parisino que soy, lugares que no conocía como el museo de Camondo o el del vino con la estatua de Balzac... Para mí es una gran obra Además, personifica a la ciudad. Su protagonista central, la ciudad, es muy original: es un personaje que reacciona, habla, se explica, justifica o huye ante los hechos o espectáculos que vive, ofrece o padece. Y, el otro personaje, el que la enfrenta, se queda con sus preguntas, angustias o respuestas.

París sueño eterno describe el París de hoy, el que vivimos, el que nos asombra; el París capaz de cambiar continuamente con los adelantos, el progreso. Este libro refleja nuestros días, traduce esta época de principios y fines de siglo con sus ambiciones y particularidades de modernidad... Y todo esto visto con un ojo muy de ella, con un criterio de latinoamericana. No es una francesa que habla de París, es una extranjera con sus inquietudes, y bajo las luces de su propia cultura. Es uno de los encantos del libro.

- ¿Hay otra obra que esté traduciendo, que le interese traducir?              

- No. Ya tengo setenta y siete años y veo mi tiempo limitado. Para traducir una novela se necesitan al menos unos seis meses de trabajo. Pero si descubro una obra maestra creo que la traduciré. Si la próxima novela de Rocío Durán-Barba me entusiasma, la traduciré.

- Ahora, ¿es un tiempo para cultivar la palabra propia, para hacer su poesía, dedicarse a la edición de sus libros, a su evolución poética?

- Sí, he escrito unos diez libros de poesía. El último se publicó en México el año pasado. Es bilingüe, traducido por el poeta peruano Jorge Najar y se titula Tarde o temprano . Versa sobre las experiencias, ilusiones y frustraciones de un hombre viejo con una tonalidad de humor.

En lo que concierne a mi «hacer poético», no sé explicarlo. Yo no sé cómo funciona mi poesía. No soy poeta profesional de esos que consideran la poesía como un acto sagrado y estudian las técnicas y los textos. Eso no me interesa. Cuando me salen los poemas los transcribo. Hay periodos en que surgen de mi mano muchos poemas hasta que se acaba un libro; otros, en que no escribo ninguno.

- ¿Cuál es la temática que cruza su obra?

- Mis primeros poemas fueron felices porque nacieron de mis viajes, de mis amores, del descubrimiento del mundo. Después estuve muy enfermo, por poco no sucumbí. Me quedé en el hospital durante un mes, en reanimación. Durante el año que siguió sufrí mucho.

Curiosamente, antes de eso había escrito un libro de poemas sobre la muerte. Fue como una premonición: la muerte era el tema; mi escritura era una especie de testamento.

Al salir del hospital continué con el tema de la muerte a lo largo de dos o tres libros. Cuando estaba acostado, cerraba los ojos y, de repente, aparecía una mujer bella con el pelo negro, largo, con ojos verdes, uñas violetas; y me acariciaba. La vela a mi lado, y me hundía en agua. Yo sabía que era la muerte.

Alrededor de los sesenta años, empecé a escribir poemas sobre el gozo de la vida cotidiana. Debe ser por esta razón que me gustan mucho los últimos escritos del uruguayo Mario Benedetti. Encuentro que tienen una relación con los míos. Escribimos sobre lo cotidiano, a veces con humor, otras con tristeza.

- ¿Ha hecho seminarios en la cátedra universitaria sobre la traducción? ¿Ha trabajado con grupos de jóvenes sobre la traducción?

- Si, yo trabajé sobre la traducción en la Sorbona durante varios años. Ahora sigo dirigiendo talleres de traducción en Francia, en colegios y liceos de tres ciudades: Saint-Malo, Fougères y Rennes. Estos talleres hacen progresar espectacularmente a los alumnos... ¡y a los profesores! Aprenden a traducir de manera literaria, no literal.

- ¿Cuáles son los rigores que establecen la diferencia entre una traducción común y una traducción literaria?

- Hay varios tipos de traducciones. Diría, inclusive, que hay varias escuelas. Personalmente, no sé cómo hago para traducir. Yo leo un poema y me sale un poema en francés, nunca he podido explicarlo. Lo cierto es que, cuando tengo que hacer una antología poética, hay unos poetas que traduzco sin esfuerzo y otros que me resisten. Debe ser una cuestión de afinidades. Es curioso, pero si leo un poema de Rafael Alberti, o Miguel Hernández, Nicolás Guillen, Pablo Neruda o Federico García Larca, por ejemplo, enseguida me sale un poema en francés, y esto no pasa con otros... Hay un poeta español que admiro mucho: Antonio Machado, pero nunca he podido traducirlo.

- Justamente las temáticas de Antonio Machado no van con su sensibilidad, con su manera.

- La verdad es que técnicamente lo podría traducir, pero no sería la obra de arte que logro hacer con los poemas de otros autores.

- Entonces, ¿Ecuador ha sido objeto de descubrimiento?

- Sí, y espero seguir conociendo sus obras. A esto me he dedicado estos días. Rocío me ha presentado a algunos escritores y poetas. La literatura ecuatoriana no llega a Francia; y hablando aquí, con unos y otros, me doy cuenta de que hay muchas novedades. En fin, si los creadores actuales me quieren mandar sus libros los leeré con mucho gusto.

Fantasma terminó así la entrevista. Antes de marcharse miró mis libros, aunque estaba muy ocupado con su teléfono inalámbrico. Le interesaba mi novela El loco o todos enloquecimos . Se la obsequié. La tomó y, acto seguido, desapareció como si sufriera de prisa fatal. Cuando se alejaba lo vi muy inclinado hacia un lado. Me pregunté qué le pesaba.

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(1). A este reportaje, que despierta tanto interés, le he dedicado el segundo capítulo de este libro. Tanto más que, recientemente, se ha reavivado el tema en torno a los crímenes de Granada debido al descubrimiento de nuevas fosas comunes.

(2). El tercer capítulo de este libro está dedicado a este punto. Y trae una entrevista inédita realizada por Claude Coutton a Jorge Icaza en París, en 1961.

 

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