| A
Claude TRES VOCES Y UN FANTASMA
|
Claude Couffon
y Rocío Durán-Barba |
Llegó la hora del retorno. La del equipaje, del aeropuerto.
La del adiós. La hora que, a menudo, llega con sorpresas.
Esta vez la novedad fue un retraso espectacular del avión:
siete horas. Felizmente la noticia llegó temprano,
lo cual permitió replanear el día. El último
día en Quito. En mi ciudad Ande-azul. Al fin contaba con tiempo para recorrer el centro de la
ciudad. Desde que llegué tenía verdadera curiosidad
de ver el estado de los trabajos de reconstrucción,
cuya realización había constatado, cuatro meses
atrás, maravillada. Los días se habían
agotado entre eventos culturales y reuniones con escritores
y amigos. Había sido imposible circular largamente
entre sus casitas y empinaduras. Franquear-atravesar su trazado
de damero. Sumergirme en el embelesamiento que produce la
imagen de las cúpulas y copulines de sus conventos
e iglesias. Este entusiasmo era compartido enteramente por Claude. Apenas
si habíamos ojeado el casco colonial con la prisa
del turista. Como habíamos podido. A horas-deshoras.
Con paso de ligerezavuelo. El retraso del avión nos vino de maravilla. Contamos
con todo el día para visitar La Compañía,
San Francisco, La Merced, Santo Domingo... Admiramos la reconstrucción
de los edificios. Contemplamos la hoja de oro brillando con
desafuero en los decorados barrocos que han reforzado su
belleza. Constatamos los espacios vacíos a donde volverán
las obras de arte, renovadas. Dejamos nuestros pasos en sus
desigualdades. Le robamos algo de su palidez centenaria,
de su aliento a monasterio. Y con el alineamiento de sus
murallas y lampadarios, danzamos. Al fin del recorrido, nos alejamos con la imagen de su geometría.
De su cuerpo de vigía, con arterias rectilíneas.
Con sus remates en atrio o en cortes artísticos. Nos
llevamos el soplo de su aliento, con sus secretos. Con sus
prolongamientos perdiéndose en el Pichincha.
Desde la altura contemplé cómo
se iba quedando atrás. Como ayer. Como siempre.
Clavada entre sus montañas. Acurrucada bajo
neblinas-eternidad. Extendida. Inconmovible en su espacio
primaveral.
Cuando la miré, antes de que desapareciese en el
horizonte, la llamé «mía». Reconocí sus
adobes, la sinfonía de sus espacios. Y, como en cada
despedida, le ofrecí un poema. No sé si mis
versos hicieron eco o cayeron en la nada. Si, en las nubes,
se disiparon. Si tropezaron con los vendavales o la nocturnidad
que pasa peinando los techos de las casas viejas, los páramos,
los Andes recios. En las alas del aparato aquel traté de conciliar
el sueño. En vano. En mi mente bullían algunos
acontecimientos junto a las reuniones familiares, oficiales,
amenas, calurosas. Desfilaban las expresiones de los amigos,
de los intelectuales, de los nuevos conocidos. Entre mis recuerdos descollaba el de una noche de champaña
en la que, junto a un viejo amigo, recorrimos, justamente,
el centro capitalino. Una hora olor a lluvia. Dilatada, entre
el remanso de sus larguras-estrecheces. Capaz de reanimar
el sueño mientras se agigantaban los edificios y monumentos
bajo sus nuevos destellos celestes y violetas... Celestes:
Color a infinito y sus estrellas. las de mi infancia. Violetas:
Olor a flor de campo, a terruño... Imposible olvidar
la noche, esa noche, en que redescubrí sus callecitas.
Tranquilas. Como la paz. Abandonadas. En una hora sin nombre,
de respiración fría y anhelos difusos. La reconocí.
Así la había amado: ciudad franciscana. Adormecida. Como si fuera feliz. Presa de sosiego. Como si desconociera
el desorden, el desentono, el espasmo. Me llevaba una gran satisfacción: Al fin se había
rendido homenaje a Claude Couffon, el poeta, traductor y
amigo de las letras ecuatorianas. Y, con la ocasión,
muchos literatos se le habían acercado con sus creaciones.
Habíamos vivido días llenos de voces, de encuentros
enriquecedores. De intercambios en que revolotearon ideas
y conversaciones. Claude Couffon y yo viajamos al Ecuador -en noviembre del
año 2003- de acuerdo a un programa que había
aprobado, años atrás, la Embajada de Francia;
cuando el embajador François Goudard y su agregado
cultural, Jean Louis Pandelon, grandes promotores de la cultura,
se habían entusiasmado con la noticia de que tan afamado
personaje había decidido traducir mi novela París
sueño eterno , haciendo de ella, posiblemente,
su última traducción de novela larga. Durante los tres años que, por diversas circunstancias,
duró la traducción, se había mantenido
la idea de invitar a Claude. Llegado el día en que
la novela apareció en Francia (con el título Ici
ou Nulle part ), se hizo realidad gracias al apoyo de
la Casa de la Cultura Ecuatoriana, de la Universidad Andina
y de la Alianza Francesa. Una vez en Quito, nuestra primera tarea fue contactar a
los amigos de Claude, ya que había vuelto a los siete
años. Anhelaba encontrarlos. Pocos, muy pocos se habían
enterado de que llegaba. No hubo mayor noticia de su presencia
-salvo en ese periódico que a menudo nos sorprende
con sus iniciativas y detalles: La Hora -. La prensa
estaba sumamente ocupada con la visita de un autor español.
Los periódicos le dedicaron páginas y páginas
y editoriales-mil. Fue fantástico. Me hubiera encantado
asistir al encuentro. Pero no tuvimos ni un solo día
libre. La exclusiva de la presencia de Claude Couffon en el Ecuador
se llevó el prestigioso programa televisivo «Sobremesa» de
Mariana Ordoñez de Larrea, quien le dedicó una
hora con una profesionalidad digna de miramiento. Y entre
los ecos de la prensa que siguieron, vale la pena mencionar
las inteligentes entrevistas de Rosalía Arteaga en
su espacio de televisión, y de Javier Lasso en radio
Visión. Durante el viaje de retorno a Francia fuimos rememorando
algunos eventos. Así, el homenaje que le rindió la
Universidad Simón Bolívar, las reuniones en
la Casa de la Cultura, el afectuoso acto de su incorporación
a la Academia de la Lengua Ecuatoriana con las brillantes
palabras de Hernán Rodríguez Castelo, la euforia
de una nochecita en el Cafelibro... También reanimamos
algunas escenas singulares: A los poetas que, con el fin
de que Claude conociera sus creaciones, no dudaron en declamar
sus versos en invitaciones privadas y aun en restaurantes
llamando la atención de los alrededores. A un escritor
que lo esperara durante un día entero y casi a través
de toda una noche para enseñarle un manuscrito con
el que, acto seguido, desapareciera... A una poeta que lo
llamara sin cansancio hasta conseguir cita y solo quería
darle un beso... A una vieja amiga que insistiera tanto en
verle y, a la hora de la cita, se esfumara... Claude partió del Ecuador con muchos libros de poesía
y algunas novelas. Se enteró de novedades. Compartió con
intelectuales que no dejaron de ponerle al corriente de sus
escritos, y de las mayores páginas de la vida cultural
ecuatoriana. Fue así como tuvo noticia de que «al
fin se ha escrito la novela más importante de las
letras ecuatorianas... » solo que, curiosamente, el
afirmante conocía el argumento, pero no había
tenido la suerte de leerla todavía. De esta charla, evocadora, surgió la idea de realizar
este libro. El primer capítulo contempla una entrevista que Claude
acordara a la prensa escrita y a mí mismo, en Quito
-y no llegara a publicarse en cotidiano alguno-, la cual
despierta extremado interés. De una parte, porque
contiene una visión panorámica de la literatura
ecuatoriana del siglo XX en lo internacional. Una panorámica
bajo el criterio de uno de los especialistas de la literatura
hispanoamericana más autorizados. De otra, porque
lleva a dos temas apasionantes a los que he dedicado el segundo
y tercer capítulos. El reportaje sobre la muerte de Federico García Lorca
que publicara Claude Couffon en París (1951) -y le
valiera renombre internacional--. Tema que ha vuelto a la
actualidad con el descubrimiento de nuevas fosas comunes
en Granada, y la polémica en torno a la posibilidad
de identificar el cadáver del poeta. Y, una reflexión sobre el fenómeno de la gran
repercusión que tuvo la literatura ecuatoriana en
Francia, por los años 50; junto a una entrevista inédita
que Jorge Icaza acordara a Claude Couffon, en 1961.
I.
CLAUDE COUFFON
Y
LA LITERATURA ECUATORIANA
Claude Couffon hizo un largo análisis del recorrido
internacional de la literatura ecuatoriana del siglo XX,
el mes de noviembre del año 2003, cuando, durante
su último viaje a Quito, acordara una entrevista a
la prensa escrita y a mí mismo. Por aquellas cosas
extrañas que suceden, quedó inédita.
Hecho que me ha dado no solo la oportunidad de publicarla,
sino de completar y ampliar algunos puntos interesantes. Claude había decidido no conceder la entrevista en
exclusiva, porque no había olvidado un episodio singular:
En un viaje anterior, un cotidiano había llevado al
público dos páginas con sus palabras, bajo
el increíble y erróneo título: «Couffon
afirma que la literatura ecuatoriana no existe», cuando
esta frase no había sido sino parte de una oración
dentro de un párrafo: «... en Francia se piensa
ahora que la literatura ecuatoriana no existe, pero no es
verdad... » En cuanto llegamos a París me dediqué a la
tarea. Y esto, antes de que se confundiese la cinta, o desvaneciesen
los detalles que rodearon a la escena. Desgraciadamente,
al transcribirla, olvidé el nombre del cotidiano que
debía publicarla y, más aún, el de su
agente. Lo que recordaba era su figura. Y como no tenía
nombre ni paradero, busqué un indicativo: «fantasma». Toda ampliación o comentario que no hace parte de
la entrevista de fantasma, aparece en letras itálicas.
ENTREVISTA A CLAUDE COUFFON
- Fantasma: ¿Cómo
se inició su
relación con la literatura ecuatoriana? - Fue hace mucho tiempo. Yo era muy joven, estudiante, y
conocía a unos poetas ecuatorianos que estaban en
París. Nos reuníamos a menudo en un café. - Esas charlas, sabatinas, ¿fueron
las que le llevaron a conocer la literatura ecuatoriana? - La verdad es que en esa época tuve la suerte de
conocer a Jorge Carrera Andrade. Uno de mis amigos me lo
presentó en diciembre de 1948, cuando estaba en París
como Delegado del Ecuador a la tercera Asamblea General de
la Unesco. Pero nuestra verdadera amistad comenzó más
tarde, cuando fue nombrado Delegado Permanente del Ecuador
ante la Unesco. Y fue aún mayor cuando, en 1952, regresó al
poder Velasco Ibarra, quien era su enemigo, y lo obligó a
renunciar a su puesto. Entonces se quedó en París
trabajando en el equipo que dirigía la publicación El
Correo de la Unesco. Pero ese trabajo de revisar galeras
y hacer correcciones lo aburría enormemente.
Muchas veces iba a esperarlo a la salida de su trabajo.
Yo estaba preparando una biografía sobre él.
A veces me daba algún poema, y generalmente nos íbamos
a tomar un trago en alguno de los cabarets de Montparnasse,
o a cenar en SainGermain-des-Prés en un restaurante
que frecuentaba el famoso dramaturgo lonesco que terminó haciéndose
su amigo. También frecuentaba a Filoteo Samaniego. Justamente
entonces se fortaleció en mí la idea de convertirme
en traductor de los grandes poetas latinoamericanos. Cuando Claude evoca esta época de Jorge Carrera
Andrade subraya la tristeza en la que lo hundió el
cambio de actividad profesional, y suele declamar el poema Transformaciones que
tan bien describe su desencanto: «Mi trabajo se trueca en dos ventanas
a la calle, en diez metros de terreno,
en un plato de luna cada noche
y un
bostezo de cántaros vacíos.
Todos los días para mí son lunes:
siempre
recomenzar, pasos en círculo
en torno de mi mismo, en los diez metros
de
mi alquilada tumba con ventanas.»
La biografía que Claude Couffon estaba escribiendo
sobre Carrera Andrade, debía publicar se en la famosa
colección Poetas de hoy de Pierre Seghers
en París,
pero el libro no llegó a ver la luz del día.
Sobre este punto se explica de esta manera: «Era
imposible que yo hiciese el trabajo ya que Carrera insistía
en dictarme el texto, cosa que no he aceptado de nadie
a lo largo de mi vida; o me proponía una perspectiva
que me parecía exorbitante, falta de modestia».
En algún escrito, Jorge Carrera Andrade hace alusión
precisamente al temperamento de Claude Couffon, calificándolo
de «persona indomable».
«Me hubiera encantado escribir
esta biografía»,
me confió Claude, «Carrera era todo un personaje,
pero la biografía fue realizada por un amigo suyo,
personal, el Profesor L. F Durand».
Según Claude, Jorge Carrera
Andrade se presentaba como un dandi. Su figura alta-esbelta
impresionaba. Vestía
elegantemente con terno reacio y bastón a la mano:
«Gustaba frecuentar prostíbulos», dice. «A
menudo íbamos a los cabarets cerca de Montparnasse.
Entraba y se instalaba como si fuera un rey. Miraba a las
chicas que estaban en el bar, disponibles; las remiraba.
Parecía esperar que alguna se decidiese a rogarle
ser su cliente; pero generalmente tenía que levantarse
y escogerla en persona».
Junto a este capítulo de Carrera,
hay también uno
que concierne a Claude y que hace parte de esas memorias
que lo llenan de regocijo: En una de aquellas noches
de luces rojas y pasiones parisienses, en una de esas «noches
liberadoras», como él las llama, en vez
de esperar pacientemente a Jorge decidió probar
la aventura. Se acercó a una de las mujeres de
oferta: «voluptuosa
y muy bonita». La invitó a tomar unos tragos.
Le echó la mano. Se dieron unos cuantos besos.
Y la siguió a una de las habitaciones en donde
le esperaba una de las más grandes sorpresas de
su agitada vida: cuando la chica se le ofreció, ¡era
un hombre!
- Justamente, en esas charlas,
en esos acercamientos ¿fluían
ya esos temas, es decir, eran temas de conversación:
la literatura ecuatoriana, la latinoamericana?
- Sí. Jorge Carrera Andrade y Filoteo Samaniego me
hicieron descubrir a Alfredo Gangotena de quien publiqué,
más tarde, la obra francesa completa. También
me hablaban de otros escritores que yo ya conocía
de nombre. Jorge, sobre todo, me interesó mucho comentando
una serie de detalles acerca de los libros de Jorge Icaza,
Adalberto Ortiz, Pedro Jorge Vera...
Naturalmente, no fue él quien
me sirvió de
contacto. Yo busqué acercamiento con ellos en
el primer viaje que hice al Ecuador en los años
50. Así conocí personalmente
a Jorge Icaza y, un poco más tarde, en 1958, traduje
su novela El Chulla Romero y Flores que se
publicó por
capítulos a lo largo de un verano en el periódico Les
Lettres Françaises .
Luego conocí a Adalberto Ortiz,
cuando se editó,
en Francia, la traducción de su novela Juyungo . Él
fue con esa ocasión a París y yo debía
entrevistarle, precisamente, para Les Lettres Françaises .
Esto fue muy divertido.
Nos dimos cita en un bar llamado la
Rhumefie Martiniquaise y empezamos a beber. Seguramente
bebimos demasiado. Llegado un momento, los dos teníamos
necesidad de los servicios higiénicos. La verdad
es que nos retiramos y no volvimos a encontramos ni
esa noche ni después. Pasaron algunos
años hasta que volvimos a vernos durante un nuevo
viaje que realicé a Quito. Él desempeñaba
un cargo importante: era algo así como ministro
del petróleo. Conservo un recuerdo muy bonito
del lugar. Era una torre alta. Había que subir
algunos pisos y su oficina era muy espaciosa. Cuando
la secretaria abrió la
puerta de su despacho, apareció sentado frente
a un gran escritorio en donde no había nada, ningún
papel. Alrededor tampoco había ninguna carpeta,
nada, nada. Fue muy divertido. Nos fuimos de fiesta.
Luego nos encontramos en París cuando fue nombrado
agregado cultural de la Embajada del Ecuador en Francia...
Me llamó y
me dijo: «Claude estoy en París, vamos a hacer
muchas cosas. Tenemos que hacer un gran programa de difusión
cultural. Cuento contigo.» Después no volví a
tener noticia. Dos años más tarde me llamó de
nuevo: «Claude me despido, me han nombrado embajador
en Santo Domingo.» No supe más de él
hasta ayer, en que acabo de enterarme de su muerte.
Quería hablar con él en este viaje, porque
he traducido unos poemas suyos de su libro Tierra, son
y tambor para una Antología de poesía
ecuatoriana que estoy preparando. Quería pedirle
autorización para publicarlos, pero he tenido noticia
de que ha desaparecido. He perdido muchos de mis amigos ecuatorianos: Oswaldo Guayasamín,
Pedro Jorge Vera, Ángel Felicísimo Rojas...
Bueno, yo tengo ya setenta y siete años, estoy en
una edad en que los amigos se van. - Bueno, se van sobre todo cuando uno les deja ir. - Los que se van... El problema es que se van en realidad. - En esos tiempos de su amistad
con Carrera Andrade, con Filoteo Samaniego, la traducción
que usted hacía
de ellos ¿era por propia afición, por descubrir
la literatura ecuatoriana, por su gran afición
a la literatura latinoamericana, o por encargo de una
editorial? - Nunca he trabajado por encargo. He traducido unos trescientos
libros de unos cien autores, y siempre lo he hecho por elección
mía, personal. He traducido los libros que he elegido
porque me han parecido muy importantes. Importantes en su
valor y para dar a conocer al público francés.
Nunca, nunca he trabajado por encargo. Yeso se entiende porque
no soy traductor profesional. Yo era catedrático de
letras de la Sorbona, ese era mi trabajo profesional. Para
mí era un lujo poder traducir lo que consideraba de
valor. Tuve la suerte de vivir en una época en que
se producía una literatura latinoamericana muy valiosa... - en que había mucha producción. - No. Mucha producción no significa nada. Lo excepcional
fue que hubo tres generaciones, en el conjunto de Latinoamérica,
con una producción literaria importante. - Y antes de trabajar con autores ecuatorianos, ¿ya
había traducido a autores colombianos u otros? - No. Como le dije, empecé precisamente con los ecuatorianos.
Luego, por amistades y ciertas circunstancias, llegué a
conocer a otros hispanoamericanos: Miguel Ángel Asturias,
Pablo Neruda, Octavio Paz, Juan Rulfo, Eduardo Galeano, Nicolás
Guillen y tantos otros. - De Carrera Andrade, Hombre planetario , ¿a
qué valores de su poesía le daba usted importancia?
- Un aspecto de su obra que me fascinó fue
el tema del agua. Curiosamente, en todos sus libros
se lo encuentra. Yo traduje de él muchos textos,
entre los cuales: Dictado por el agua que se publicó primero
en Francia que en el Ecuador; dominaba el tema, sus
detalles.
«Si se trataba de los ríos,
Jorge daba la impresión de haber recorrido todos»,
insiste Claude. «Hablaba por igual del Amazonas,
del río
Guayas, del Támesis, del Okland... Sus puestos
diplomáticos
le habían permitido tener cerca a muchos ríos
y puentes del mundo. Además, estaba muy enterado
de todo cuanto estaba ligado a la lluvia, la nieve, las
nubes». - Traducir es un oficio de arte, es hacer una obra
independiente al texto original. ¿Cuánta
importancia le daba usted a conocer al autor? ¿eso
contaba? Debe ser como un recurso para realizar la traducción. - Traducir no es precisamente hacer una obra independiente
a la original, es más bien reflejarla con la mayor
precisión posible: con su contenido y su estilo. Para mí, traducir es una necesidad. Siempre tengo
al lado de mi cama dos o tres libros que estoy traduciendo,
Y cuando me despierto abro uno de ellos y tomo mi desayuno
poético traduciendo dos o tres poemas. Es mi desayuno
poético. El contacto con los autores me ha dado amistades. He vivido
con ellos muchas aventuras particulares que no están
en los libros, que no se conocen ni se saben. Pero que muchas
veces fueron la fuente o el punto de donde surgieron creaciones
o poemas que han llegado a ser famosos. Cierto, Claude conoce una serie
de secretos de autores y escritos. Así, de
algunas obras de Miguel Ángel
Asturias, Manuel Scorza, Jorge Amado, Jorge Luis Borges... También
se encuentra al origen de las claves secretas de conocidas
creaciones poéticas de Nicolás Guillen,
Pablo Neruda, Octavio Paz... y, como puede imaginarse,
de ciertos versos de Jorge Carrera Andrade. Alguna vez le escuché comentar,
por ejemplo, graciosos recuerdos sobre «la
tía Julia» cuando
todavía no era un personaje de novela sino, más
bien, la persona que convivía con Mario Vargas
Llosa ... Otra vez, me confió por qué la conocida
obra Tres de cuatro soles de Miguel Ángel Asturias,
llevaba ese título:
«Miguel Ángel me
llamó un día
y me dijo: "Claude hemos firmado un contrato -significaba él
mismo y Claude- con la editorial Skira para publicar
un libro que se titulará Los cuatro soles.
Habrá cuatro
partes, y cada una llevará cuatro capítulos.
Cada parte estará dedicada a un sol. Es urgente.
Te enviaré un capítulo cada semana para
que realices la traducción y la envíes
al editor, quien buscará ilustraciones. El primer
capítulo
te lo enviaré la semana que viene." Efectivamente,
me envió el primer capítulo. Luego el segundo.
Más tarde recibí los capítulos relativos
al segundo y tercer soles. Cuando recibí el cuarto
capítulo del tercer sol, este vino acompañado
de una carta en la que me decía: "Claude,
hemos terminado. Vamos a titular al libro: Tres
de cuatro soles, es mucho más poético.
No tengo tiempo para continuar escribiendo. Me voy invitado
a Venecia, como presidente del jurado de cine." Así se
editó el libro con tres soles por decisión
del autor, debido al capricho de un festival de cine
europeo». - Volvamos a la relación
personal que tuvo usted con Carrera Andrade.
- En el libro de memorias que escribió Carrera
Andrade, El
volcán y el colibrí , hay varios párrafos
que reflejan lo que él pensaba sobre mí.
Le voy a leer un comentario que ha retornado la revista re/incidencias ,
una publicación reciente del Centro Benjamín
Carrión: «La amistad con Claude Couffon fue fértil desde
el punto de vista de la producción literaria. Hombre
joven, originario de Normandía, se había propuesto
penetrar por los vericuetos del castellano y hablar como
la gente de Madrid, lo cual obtuvo mediante sus estudios
y sus temporadas en España. Dueño del instrumento
idiomático, se dedicó al conocimiento y a la
difusión de las letras hispanoamericanas, traduciendo
y comentando las obras de los nuevos escritores más
representativos (...). Pese a su aspecto algo frívolo,
con su semblante de tez rosada, su cabello abundante y su
sonrisa espontánea y sardónica, Couffon era
un firme defensor de la cultura hispanoamericana y a él
se deben algunos de los comentarios mejor documentados que
han salido a la luz en la prensa francesa. » El volcán y el Colibrí contiene
también declaraciones que van en el sentido de lo
que le decía al principio: Describen el estado de ánimo
de Jorge Carrera Andrade durante los años que compartimos
en París: «El menosprecio que me demostraba el gobierno de mi
país producía un efecto contrario en el mundo
de las letras. No tuve ocasión de experimentar el
sentimiento de soledad. Amigos como Rousselot, Claude Couffon,
Bosquet, me acompañaron con frecuencia e hicieron
llevaderos mis nueve años de permanencia en París. » Claude da mucha importancia a estos años parisinos
de Carrera Andrade. «Esta experiencia), dice, «en
que se mezclaban las alegrías de la amistad
con la nostalgia y hasta la amargura del alejamiento
de su tierra natal, fue particularmente fecunda para
su creación poética. Entonces
escribió algunos de sus poemas más hermosos.
Y luego, fueron años decisivos para la difusión
y publicación de su obra». Durante esa época, el poeta fue presa de la pasión
por la historia. Se dedicó a buscar documentos,
crónicas, noticias de viajes. A examinar todo papel
que tuviese relación con el Ecuador, su pasado y
su desenvolvimiento. La tierra siempre verde es,
justamente, fruto de ese período. De su incursión
en los archivos salieron esas páginas que traen
una historia original del Ecuador, construida básicamente
a través de la visión de los cronistas de
Indias, los corsarios y ciertos viajeros ilustres. «En efecto», confirma Claude, «recuerdo
que Jorge desaparecía frecuentemente. Se consagró a
vivir su poesía y, además, se convirtió en
el solitario que buscaba refugio en bibliotecas y archivos». - Cuando usted tenía ya los textos traducidos, ¿los
sometía a la consideración de Carrera Andrade? - No. Generalmente no le interesaba. Cuando yo terminaba
una traducción, no le preocupaba saber los detalles
ni ocuparse del problema. Me decía: «Tú sabes
y basta.» De otra parte, por ese tiempo yo conocía
a la mayor parte de los directores de revistas o editoriales
y enseguida publicaba mi trabajo. - Usted aprendió el castellano en la universidad
y en España. ¿Cómo fue eso? - En 1942, durante la ocupación
alemana, me inclinaba por la pedagogía. Quería
ser maestro de escuela, y para hacer esos estudios
debía trasladarme a la
ciudad principal del departamento. Pero el Ministerio
de Educación de entonces, el régimen
de Vichy, decidió que si en una ciudad había
un colegio o liceo el candidato podía estudiar
ahí, y preparar
el examen del bachillerato, para luego completar su formación
durante un año en la Escuela Normal de Pedagogía
en la ciudad principal, en mi caso, en Alençon. Ingresé al colegio de mi ciudad en donde se enseñaba,
como primera lengua extranjera, el inglés y, como
segunda, el alemán. Felizmente el director del colegio
decidió integrar a la enseñanza una lengua
más fácil: el castellano. Cerca vivía
un maestro español, de modo que lo contrató para
que viniese los jueves a darnos clases; y yo me dediqué al
castellano. Llegué a tener una gran amistad con este maestro,
que había hecho la guerra de España en las
Brigadas Internacionales. Su conversación era muy
interesante. Yo era poeta, o al menos pensaba que lo era,
y él solía hablarme de los poetas españoles
que había conocido durante la guerra, como Miguel
Hernández, Rafael Alberti, Antonio Machado... Me prestaba
libros de poesía; y aunque no había tenido
estrecha relación con Federico García Larca
siempre me hablaba de él. No se conocía nada
preciso sobre su desaparecimiento; lo que es más,
había muchas versiones contradictorias que circulaban
por el mundo. Con el fin de continuar mis estudios de español y
letras en el Instituto Hispánico de la Sorbona, me
trasladé a París. Pero los cursos me aburrían,
no iban más allá del siglo de oro de la literatura.
Para consolarme, un día decidí hacer algo interesante
e ir a Granada para indagar sobre la vida y muerte de García
Lorca. En cuanto estuve en España me di cuenta de que era
imposible hallar información, y de que el tema era
peligroso. Al solo oír el nombre del poeta las personas
se persignaban: era un asunto tabú. Mucha gente había
perdido a parte de su familia, y los asesinos estaban no
solo vivos sino presentes. Había mucho miedo. Me decían: «Señor,
renuncie a investigar sobre esto si no quiere desaparecer
o morir. Aquí se encuentran todos los responsables
del asesinato de muchos granadinos, de casi todos los profesores,
notarios, médicos, ingenieros, periodistas de la ciudad.» Cuando estaba a punto de abandonar la idea, tuve la suerte
de hablar, en la Alhambra, con un joven llamado Rafael Guervos
Madrid, un granadino que había perdido a su padre
en la guerra civil española. Él me ofreció ayudar,
y fue por su intermedio que obtuve información, y
llegué inclusive a entrevistarme con ciertos responsables
de la matanza general. Poco a poco concreté un reportaje completo sobre
la verdad de la muerte de García Lorca, que se publicó en
el diario El Fígaro Literario , en agosto
de 1951. Esta publicación hizo mucho ruido desde París.
Salió en muchos idiomas y me hizo famoso cuando apenas
tenía veinte años(1). Enseguida me vi trabajando
con este gran periódico: el director me encargó otros
reportajes y luego me contrató como periodista profesional
al mismo tiempo que continuaba mi carrera universitaria.
Resultó entonces que aquellos escritores que yo consideraba
como a dioses de la literatura a quienes ni siquiera pensaba
llegar a conocer, como Rafael Alberti, Pablo Neruda, Jorge
Guillen, Juan Ramón Jiménez, Miguel Ángel
Asturias, Luis Cernuda y tantos otros, me empezaron a enviar
cartas y libros; y cada vez que pasaban por París
me visitaban. Enseguida conté con la amistad de todos
ellos. Luego apareció la segunda generación
con Carlos Fuentes, Juan Rulfo, Mario Vargas Llosa entre
otros. Ellos se acercaron a mí porque yo era no solo
conocido sino que me dedicaba a la difusión de obras
importantes. Ese fue el caso con Mario Vargas Llosa, que
ahora está en Madrid celebrando los cuarenta años
de la publicación de su novela La ciudad y los
perros. Justamente yo soy el responsable de esta publicación
que lanzó su nombre al reconocimiento internacional.
Yo fui quien la hizo publicar en España por Carlos
Barral, con quien mantenía una interesante relación:
a menudo intercambiábamos manuscritos e información. Siempre me he ocupado de los libros que me han parecido
obras maestras para llevarlos al conocimiento del público
francés. Lo he hecho a través de mi vida. Ahora,
por ejemplo, me interesa dar a conocer el libro de una ecuatoriana
que acabo de traducir: París sueño eterno ,
de Rocío Durán-Barba. Su novela es una gran
novedad literaria porque... - Volviendo a los ecuatorianos, a Carrera Andrade, ¿cómo
le contactó? - Carrera no me contactó para que lo tradujera, sino
que me entregó dos poemas en español de Alfredo
Gangotena que ya había muerto. Me habló mucho
de él y me dio material para conocerlo. Además,
Filoteo Samaniego, que era mi compañero de la época,
también era un admirador de este poeta ecuatoriano. Él
estaba traduciendo los textos del francés al español.
Con él compartí este entusiasmo. - ¿Usted sacó la edición completa
de las obras de Gangotena? - Sí, de la obra francesa. Yo publiqué en
dos tomos la obra completa. Recogí los poemas que
había publicado en revistas francesas y los libros
que escribió en francés. - ¿Cuál es la impronta literaria que
usted reconoce en Gangotena, lo que más le conmueve
de Gangotena? - Bueno, es un caso especial. Aunque no el único
porque hubo, en Latinoamérica, poetas como él
que escribieron parte de su obra en español y parte
en francés; pienso en el chileno Vicente Huidobro,
el peruano César Moro... Lo que me interesó particularmente
en Gangotena era su visión que era ecuatoriana pero
con influencias francesas. Sin embargo, debo señalar
que, curiosamente, no recibió la influencia del surrealismo
que era la corriente predominante en esa época. Su
poesía no es surrealista, está más cerca
de la de Paul Claudel, Max Jacob, Jean Cocteau, que de André Breton
o sus contemporáneos franceses. Alfredo Gangotena es, para Claude,
un caso fascinante debido a algunos detalles de su
vida. De una parte, a su escritura en lengua francesa,
que le hizo verse a punto de ser considerado como
poeta francés. De otra,
debido a ciertos pasajes curiosos en los que fue actor
y víctima al mismo tiempo. Así, el relativo
a su amor imposible con una francesa llamada Marie Lalou. «Es una historia que hace pensar en Dante y Beatriz»,
dice Claude. «Todo había empezado cuando Alfredo
Gangotena regresara de Francia al Ecuador, después
de publicar su libro Orogenie . Este libro había
llegado a las manos de Marie que escribía poesía
y era librera, y ella había perdido la cabeza por
el poeta ecuatoriano. «Marie le había escrito una carta. Él
le contestó, y entablaron una correspondencia seguida. Solo que esta llegó a ser
tan intensa que culminó en
un idilio apasionado; a tal punto, que se hubiera
dicho que mantenían una relación carnal. «Alfredo Gangotena le dedicó a
Marie el poema Jocaste. Continuó cultivando
su pasión,
y un buen día consiguió ser nombrado agregado
cultural de la Embajada del Ecuador en Paris con el fin
de acercarse a su amada. Aquí todo terminó.
Cuando llegó a Francia, Dante llegó al
infierno. Marie se negó a recibirlo, a verlo...
más
aún, le aconsejó encontrar un nuevo amor...
Solo entonces se enteró, el desafortunado poeta,
que su amada ¡era inválida!» - Siguiendo un itinerario ecuatoriano, ¿quién
le intereó a usted después de Gangotena? Tengo que decir que estoy acabando de escribir una Antología
de poesía ecuatoriana que contempla la obra
de algunos poetas. Es una selección; se trata solo
de unos doce nombres, de los más representativos
del siglo XX. También he traducido algunos cuentos
de Adalberto Ortiz, de Ángel Felicisimo Rojas, de
Pedro Jorge Vera. Y algunas novelas como El chulla
Romero y Flores de Jorge Icaza. Claude opina que, actualmente, hay una serie de creaciones
interesantes dentro de la literatura ecuatoriana. La inquietud
podría llevarle a realizar una publicación
en la que comentaría algunos libros: «Hay escritores a cuyas obras quisiera dedicarles
una reflexión», dice, «así la
de Raúl Pérez Torres, Iván Égüez,
Abdón Ubidia, entre otros... También hay
algunos poetas que han llamado mi atención como
Federico Ponce, Xavier Oquendo...» - Y, ¿ha trabajado para escritores en algunas
ciudades? - He conocido a muchos ecuatorianos y he asistido a muchas
reuniones y congresos no solo en Quito sino en Guayaquil,
Manta, Esmeraldas, Portoviejo y Cuenca. Dentro del ambiente
cultural ecuatoriano mantuve una gran amistad con Oswaldo
Guayasamín, por espacio de cuarenta años. Él
hizo dos retratos míos, uno de los cuales ilustra
la portada de mi último libro de poesía Tarde
o temprano , que acaba de editarse en México. Claude reconoce que Oswaldo Guayasamín fue, tal
vez, el mejor amigo que tuvo en el Ecuador. Solía
hospedarse en su casa. Tradujo al francés el primer
libro que se escribió sobre su obra pictórica:
Una publicación muy conocida, escrita por Camon
Aznar en 1973, que lleva por titulo escuetamente: Guayasamín. «Imposible olvidar nuestras noches de fiesta»,
dice, «Oswaldo solía aislarse para trabajar
durante el día, pero una vez que llegaba la noche
nos dedicábamos a la fiesta, al vino y a la guitarra. Compartimos muchas horas inolvidables
llenas de música,
charla y canciones. Su mujer de la época era Hélène,
una francesa magnífica con quien siempre he mantenido
una estrecha amistad». Cuando en 1995 Claude viajó al Ecuador, estaba
terminando de escribir su libro de poesía titulado Fenêtres
sur la nuit . Con el objeto de ilustrarlo, Oswaldo
le entregó un retrato y tres dibujos. El punto es
interesante porque son tres creaciones excepcionales dentro
de la obra del pintor. Sobre todo una de ellas es única:
se trata del desnudo erótico de una indígena,
con una particular carga de violencia. La amistad que Claude ha cultivado con intelectuales
ecuatorianos ha rebasado, por lo demás, las fronteras
del país. No ha olvidado, por ejemplo, sus encuentros
con Demetrio Aguilera Malta, cuando visitaron Puebla en
México; con Alfonso Barrera Valverde, en las reuniones
literarias en medio de los jardines de Caracas; con Juan
Cueva, en numerosos eventos en la ciudad de París... - ¿Identifica usted grandes temas comunes
en la literatura que usted ha traducido como temas de la
literatura ecuatoriana? - Si algo vale la pena señalar
es que un poco antes de la segunda guerra mundial,
por los años 30, la única
literatura latinoamericana conocida en Francia era la
ecuatoriana. Después de la difusión de Huasipungo de
Jorge Icaza, y de la publicación del grupo de
Guayaquil Los
que se van, eran muy populares (2). «En esa época interesaba mucho el tema
social, sobre todo el problema del indio y del indigenismo»,
puntualiza Claude. «El relato de la vida del indio
con su miseria era tanto extraño como exótico
y hacía viajar al lector en unos días en
que los grandes desplazamientos estaban reservados a unos
pocos ricos privilegiados. Los lectores gustaban viajar
con las descripciones de otros países que les ofrecían
los novelistas exóticos como Pierre Loti, Claude
Farrère, Paul Morand, Blaise Cendars». - ¿Eran estas las únicas obras de
literatura latinoamericana que se conocían en Francia? - En esos años también aparecieron las primeras
novelas de Miguel Ángel Asturias, desde Guatemala,
con la temática de los indígenas y los problemas
de su país. En México ocurrió lo mismo,
Alfonso Reyes interesó con sus descripciones del Anahuac.
Esto hizo que se acentúe en Francia, desde principios
del siglo XX, una curiosidad por la literatura latinoamericana
y, sobre todo, por los relatos de protesta social. Más
aún desde el aparecimiento de Huasipungo de
Jorge Icaza, y de las novelas de Jorge Amado. - ¿Qué opinaban los franceses respecto
a esa literatura que llegaba? - Eran libros que interesaban, pero ahora parecen pertenecer
a otra época. En realidad, el público francés
que leía esa literatura era muy limitado. Era más
bien un público de gente culta. - más académico... - Sí, también. Hay que decir que antes de
la segunda guerra mundial hubo, en Francia, un grupo de hispanistas
muy interesante que ya se ocupaba de hacer eco a la literatura
hispanoamericana. «A veces dicen que Roger Caillois y yo fuimos
los que la dimos a conocer todo», añade, «pero
hay que aclarar que, antes, a partir de los años
20, hubo muy buenos hispanistas, así por ejemplo
Francis de Miomandre, Jean Cassou, Mathilde Pomèf,
Georges Pillement, Valery Larbaud, Marcelle Auclair...» - El Ecuador que usted conocía mediante la
literatura, ¿se parece bastante al Ecuador que usted
ahora recorre, al Ecuador que usted vio durante sus primeros
viajes? - Hay una gran diferencia entre lo que ofrece la literatura
y lo que ofrece el país con sus realidades y paisajes. Desde hace unos cuarenta años o más he viajado
mucho por el Ecuador, y he visto una impresionante evolución.
El Quito de hoy es inmenso, ha crecido mucho en relación
con la ciudad que descubrí en los años 50.
Ahora me parece muy interesante que se esté trabajando
para preservar el Quito viejo... Claude guarda algunos recuerdos especiales de sus numerosos
viajes al Ecuador: Los encuentros de escritores en Cuenca
organizados por Efraín Huerta Hidrovo. Las reuniones
del evento poético «La flor de septiembre»,
en Manabí, con Horacio Hidrovo Peñaherrera.
Su paso por Guayaquil con Ángel Felicísimo
Rojas; por Otavalo conociendo los misterios, costumbres
y ritos indígenas con Gustavo Adolfo Jácome... - Pero, ¿es un Ecuador que se narraba en
la literatura? - En la época de la literatura de la que hablábamos
había varios Ecuadores. Siempre ha habido, en realidad,
varios Ecuadores: el de Quito, el de Guayaquil, el de Cuenca,
el de Esmeraldas... Son bastante diferentes tanto en sus
paisajes como en sus particularidades, y más aún
en su expresión literaria. - Justamente, ¿qué referencias
de la literatura contemporánea del país
tiene usted? - Bueno, ahora he traducido la novela alucinante de Rocío
Durán-Barba... - Quiero decir de los años 70, 80. - Conozco las obras de Raúl Pérez Torres,
Jaime Marchán, Abdón Ubidia, Alfredo Pareja,
Alicia Yánez, Ramiro Oviedo... y las de mi viejo amigo
Jorge Enrique Adoum que acaba de publicar sus memorias. Antes
de su casamiento con Nicole traduje algunos poemas de él,
pero desde que ella es su compañera le dejo el trabajo,
es una buena traductora. «Debo citar otros nombres como el de Iván Égüez,
Iván Oñate, Galarza, Ruales, Herrera... »,
dice Claude. «Además, también tuve la
oportunidad de conocer algunos cuentistas cuando escribí el
prólogo de un libro de cuentos ecuatorianos que publicó Librimundi...
Y, a propósito, tendría algo que decir sobre
la obra de Javier Vásconez...» Actualmente lo que me interesa dentro de la literatura contemporánea
es el caso de Rocío Durán-Barba. Me parece
que ella, en sus escritos, sabe aprovechar su experiencia
europea para tratar temas que son universales, pero además
ecuatorianos. Así por ejemplo en su novela sobre Velasco
Ibarra: El loco o todos enloquecimos, en donde
hay toda una visión sobre el mundo de la política
contemporánea pero con una referencia muy precisa
a las realidades de su país. También es particular
cuando su escritura refleja sus reacciones de ecuatoriana
al contemplar otro país, como en su novela Paris
sueño eterno. - Ustedes dos, ¿Hace cuánto tiempo
se conocieron? - Hace diez años, más o menos. Nos conocimos
en el palacio de El Eliseo en una recepción que ofreció el
presidente de Francia, François Mitterrand, en 1991.
Entonces me contó que estaba escribiendo una novela
sobre París lo cual despertó en mí cierta
desconfianza, ya que se ha escrito tanto sobre el tema. Me
pregunté cómo iba a tratarlo. Pasaron unos
seis años, y un buen día llegó la novela
a mis manos. Desde la primera frase me sorprendió;
tiene un estilo muy personal, con frases breves, llenas
de sugestión.
Es una especie de aleteo muy fuerte. Y el tema es muy
interesante porque no se trata del París habitual.
Inclusive los capítulos que hacen referencia al París
histórico siempre
traen algún fenómeno insólito, hasta
cuando aparecen los monumentos. Por ejemplo, en el capítulo
en que relata la vestimenta que instaló Christo
Javacheff en el Puente Viejo, el lugar se transforma
desde en un ser misterioso hasta en algo similar a un
paquete listo a ser enviado por correo. Es delirante.
Cuando aparecen los Campos Eliseos, igual, de pronto
quedan convertidos en una especie de galería artística
con la exposición
de los monstruos de Botero. Junto a esto, Rocío describe
el París supermoderno
con esas cosas que nunca se han contado. Con decirle
que hizo descubrir, al viejo parisino que soy, lugares
que no conocía como el museo de Camondo o el
del vino con la estatua de Balzac... Para mí es una
gran obra Además,
personifica a la ciudad. Su protagonista central, la
ciudad, es muy original: es un personaje que reacciona,
habla, se explica, justifica o huye ante los hechos
o espectáculos
que vive, ofrece o padece. Y, el otro personaje, el que
la enfrenta, se queda con sus preguntas, angustias
o respuestas. París sueño eterno describe el París
de hoy, el que vivimos, el que nos asombra; el París
capaz de cambiar continuamente con los adelantos, el progreso.
Este libro refleja nuestros días, traduce esta época
de principios y fines de siglo con sus ambiciones y particularidades
de modernidad... Y todo esto visto con un ojo muy de ella,
con un criterio de latinoamericana. No es una francesa que
habla de París, es una extranjera con sus inquietudes,
y bajo las luces de su propia cultura. Es uno de los encantos
del libro. - ¿Hay otra obra
que esté traduciendo,
que le interese traducir? - No. Ya tengo setenta y siete años y veo mi tiempo
limitado. Para traducir una novela se necesitan al menos
unos seis meses de trabajo. Pero si descubro una obra maestra
creo que la traduciré. Si la próxima novela
de Rocío Durán-Barba me entusiasma, la traduciré. - Ahora, ¿es un tiempo para cultivar la palabra
propia, para hacer su poesía, dedicarse a la edición
de sus libros, a su evolución poética? - Sí, he escrito unos diez libros de poesía.
El último se publicó en México el año
pasado. Es bilingüe, traducido por el poeta peruano
Jorge Najar y se titula Tarde o temprano . Versa
sobre las experiencias, ilusiones y frustraciones de un hombre
viejo con una tonalidad de humor. En lo que concierne a mi «hacer poético»,
no sé explicarlo. Yo no sé cómo funciona
mi poesía. No soy poeta profesional de esos que consideran
la poesía como un acto sagrado y estudian las técnicas
y los textos. Eso no me interesa. Cuando me salen los poemas
los transcribo. Hay periodos en que surgen de mi mano muchos
poemas hasta que se acaba un libro; otros, en que no escribo
ninguno. - ¿Cuál es la temática que
cruza su obra? - Mis primeros poemas fueron felices porque nacieron de
mis viajes, de mis amores, del descubrimiento del mundo.
Después estuve muy enfermo, por poco no sucumbí.
Me quedé en el hospital durante un mes, en reanimación.
Durante el año que siguió sufrí mucho. Curiosamente, antes de eso había escrito un libro
de poemas sobre la muerte. Fue como una premonición:
la muerte era el tema; mi escritura era una especie de testamento. Al salir del hospital continué con el tema de la
muerte a lo largo de dos o tres libros. Cuando estaba acostado,
cerraba los ojos y, de repente, aparecía una mujer
bella con el pelo negro, largo, con ojos verdes, uñas
violetas; y me acariciaba. La vela a mi lado, y me hundía
en agua. Yo sabía que era la muerte. Alrededor de los sesenta años, empecé a escribir
poemas sobre el gozo de la vida cotidiana. Debe ser por esta
razón que me gustan mucho los últimos escritos
del uruguayo Mario Benedetti. Encuentro que tienen una relación
con los míos. Escribimos sobre lo cotidiano, a veces
con humor, otras con tristeza. - ¿Ha hecho seminarios en la cátedra
universitaria sobre la traducción? ¿Ha trabajado
con grupos de jóvenes sobre la traducción? - Si, yo trabajé sobre la traducción en la
Sorbona durante varios años. Ahora sigo dirigiendo
talleres de traducción en Francia, en colegios y liceos
de tres ciudades: Saint-Malo, Fougères y Rennes. Estos
talleres hacen progresar espectacularmente a los alumnos... ¡y
a los profesores! Aprenden a traducir de manera literaria,
no literal. - ¿Cuáles son los rigores que establecen
la diferencia entre una traducción común
y una traducción literaria? - Hay varios tipos de traducciones. Diría, inclusive,
que hay varias escuelas. Personalmente, no sé cómo
hago para traducir. Yo leo un poema y me sale un poema en
francés, nunca he podido explicarlo. Lo cierto es
que, cuando tengo que hacer una antología poética,
hay unos poetas que traduzco sin esfuerzo y otros que me
resisten. Debe ser una cuestión de afinidades. Es
curioso, pero si leo un poema de Rafael Alberti, o Miguel
Hernández, Nicolás Guillen, Pablo Neruda o
Federico García Larca, por ejemplo, enseguida me sale
un poema en francés, y esto no pasa con otros... Hay
un poeta español que admiro mucho: Antonio Machado,
pero nunca he podido traducirlo. - Justamente las temáticas de Antonio Machado
no van con su sensibilidad, con su manera. - La verdad es que técnicamente lo podría
traducir, pero no sería la obra de arte que logro
hacer con los poemas de otros autores. - Entonces, ¿Ecuador ha sido objeto de descubrimiento? - Sí, y espero seguir conociendo sus obras. A esto
me he dedicado estos días. Rocío me ha presentado
a algunos escritores y poetas. La literatura ecuatoriana
no llega a Francia; y hablando aquí, con unos y otros,
me doy cuenta de que hay muchas novedades. En fin, si los
creadores actuales me quieren mandar sus libros los leeré con
mucho gusto. Fantasma terminó así la entrevista. Antes
de marcharse miró mis libros, aunque estaba muy
ocupado con su teléfono inalámbrico. Le interesaba
mi novela El loco o todos enloquecimos . Se la
obsequié. La tomó y, acto seguido, desapareció como
si sufriera de prisa fatal. Cuando se alejaba lo vi muy
inclinado hacia un lado. Me pregunté qué le
pesaba.
______________ (1). A este reportaje, que despierta tanto interés,
le he dedicado el segundo capítulo de este libro.
Tanto más que, recientemente, se ha reavivado
el tema en torno a los crímenes de Granada debido al descubrimiento
de nuevas fosas comunes. (2). El tercer capítulo de este libro está dedicado
a este punto. Y trae una entrevista inédita realizada
por Claude Coutton a Jorge Icaza en París, en 1961.
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